Y AHORA, ¿POR QUÉ?
Hay ciertas preguntas que nacen cuando la vida deja de sentirse como la habíamos imaginado… ¿Por qué las tormentas? ¿Por qué tantos problemas? ¿Por qué tenemos que atravesar situaciones que nunca pensamos vivir? ¿Por qué, si amamos a Dios, también tenemos que enfrentar el sufrimiento?
Creo que muchos de nosotros hemos hecho alguna de estas preguntas. Y quizás algunos las estamos haciendo justamente ahora.
Para nadie es un secreto lo que sucedió el pasado 10 de agosto en Colombia. Sufrimos un terremoto de 7.4 de magnitud en la escala Richter, y a mí todavía me cuesta decir esas palabras: hubo un terremoto en mi ciudad.
Es algo que nunca se había escuchado aquí. Y creo que, de alguna manera, todos quedamos un poco aturdidos.

Mientras más pensaba en lo que estaba pasando, veía personas profundamente agradecidas por haber sido guardadas. Pero también veía personas preguntándose: ¿Dónde está Dios en medio de todo esto? Si Dios existe, ¿por qué nos suceden estas cosas?
Y no puedo negar que esas preguntas también me hicieron pensar.
Porque cuando atravesamos algo que nos sacude, no solamente se mueve lo que está a nuestro alrededor. A veces también se mueven nuestras seguridades, nuestras certezas y esa manera en la que creíamos que las cosas debían suceder.
Y es ahí donde comienzan a aparecer las preguntas… ¿Por qué, Señor?
No creo que esté mal preguntarle a Dios por qué suceden las cosas. Los escritores de los Salmos ciertamente no dudaron en hacerlo.
El salmista mismo pregunta:
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?».
Salmo 42:5
Y en otro momento leemos:
«¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre? ¿Por qué se ha encendido tu furor contra las ovejas de tu prado?».
Salmo 74:1
Qué hermoso es saber que la Biblia no nos presenta personas que nunca tuvieron preguntas. Nos presenta personas que, aun en medio de sus preguntas, seguían llevando su corazón delante de Dios.
Por eso, si hoy estás atravesando algo que no entiendes, quiero decirte algo: no tienes que fingir delante del Señor que todo está bien. Puedes hablarle. Puedes llorar. Puedes decirle que no entiendes. Puedes preguntarle por qué.
Pero mientras pensaba en todo esto, también comencé a entender que muchas veces el enemigo intenta sembrar en nuestra mente preguntas que nos mantienen enfocados en el problema, en lugar de ayudarnos a recordar la bondad de Dios. No porque preguntar sea malo, sino porque hay una diferencia entre llevarle una pregunta a Dios y permitir que esa pregunta nos aleje de Él.
A veces comenzamos preguntando: «Señor, ¿por qué pasó esto?». Y, sin darnos cuenta, terminamos pensando: «Señor, si tú realmente me amaras y te preocuparas por mí, esto no hubiera sucedido».
Y ahí es donde creo que debemos detenernos un momento.
No para ignorar lo que sentimos. No para decir que el dolor no importa. Sino para preguntarnos con honestidad: ¿qué es lo que realmente estoy buscando cuando le pregunto a Dios «por qué»?
Pienso en la historia de Jesús cuando visitó la casa de María y Marta después de que su hermano Lázaro había muerto.
Jesús esperó hasta que Lázaro tuviera cuatro días de muerto para visitarlo. Y cuando llegó, Marta le dijo:
«Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto».
Juan 11:21
¿Realmente creía Marta esas palabras? Me lo pregunto porque, cuando Jesús le aseguró que Lázaro resucitaría, ella respondió:
«Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero».
Juan 11:23-24
Ella no entendió lo que Jesús estaba diciendo. Y no quiero ser poco amable con Marta, pero no comprendió que Jesús estaba hablando de algo que iba a suceder en ese mismo momento.
Cuando Jesús llegó, ella no le preguntó directamente: «¿Por qué me hiciste esto?». En lugar de ello, dijo: «Si hubieras estado aquí».
Como si dijera: «Si hubieras estado en el lugar donde debías estar, esto no habría sucedido». Y cuando Jesús le aseguró que Lázaro resucitaría, ella pensó en la resurrección futura. Al considerar un evento que todavía estaba por venir, se perdió el verdadero significado de las palabras de Jesús para el presente.
¿Pero no somos muchos de nosotros como Marta?
Queremos que nuestra vida corra suavemente. Queremos que las cosas sucedan de una determinada manera. Y cuando algo nos sacude, preguntamos: ¿Por qué?
Pero quizás, en el fondo, lo que verdaderamente queremos decir es:
«Dios, si tú realmente me amaras y te preocuparas por mí, esto no hubiera sucedido».
Y quiero que pensemos un poco más cerca de esa pregunta. Cuando alguien muere en un accidente, una de las primeras preguntas que hacen los miembros de la familia es: ¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué ahora? ¿Por qué este accidente? Y por un momento, digamos que Dios nos explicara la razón ¿Cambiaría algo eso? Probablemente no.
Entonces, ¿qué es lo que realmente estamos buscando cuando preguntamos por qué?
En años recientes he comenzado a pensar que, muchas veces, «¿por qué?» no es lo que realmente nos estamos preguntando ni lo que realmente le estamos preguntando a Dios.
Es posible que, más bien, estemos preguntando: «Dios, ¿me amas? ¿Cuidarías de mí en medio de la pena y el dolor? ¿No me dejarías solo en el dolor? ¿O sí?»
Y quizás esa sea una de las preguntas más profundas que llevamos dentro. Porque cuando algo nos duele, no solamente queremos entender lo que pasó. También queremos saber que no estamos solos. Queremos saber que alguien nos sostiene. Queremos saber que, aunque no podamos comprender lo que está sucediendo, todavía podemos descansar.
Y es posible que, como tememos que Dios no cuide verdaderamente de nosotros, pidamos explicaciones. Pero.. ¿qué pasaría si, en lugar de quedarnos atrapados en la necesidad de entenderlo todo, aprendiéramos a decir:
«Señor Dios, yo creo. No entiendo, y probablemente nunca podré comprender todas las razones por las que suceden las cosas. Pero sé con certeza que tú me amas y que estás conmigo siempre».
Creo que esa es una de las cosas más difíciles de aprender en el caminar con Dios. Porque nuestra fe no significa que nunca tendremos preguntas. Significa que, aun cuando no tenemos respuestas, sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza.
Y eso no quiere decir que el dolor desaparezca de un momento a otro. No quiere decir que dejemos de sentir tristeza. No quiere decir que tengamos que encontrarle una explicación a todo. Quiere decir que, aun en medio de lo que no entendemos, podemos seguir acercándonos a Él. Podemos seguir hablándole. Podemos seguir esperando. Podemos seguir creyendo.
Lo que sucedió el pasado mes es algo que a todos nos dejó un poco aturdidos. A todos nos dejó con muchas enseñanzas. Nos enseñó a valorar. Nos enseñó a entender. Nos enseñó a mirar la vida de otra manera. Pero también nos enseñó que debemos basar nuestra confianza y nuestra dependencia en Dios.
Y quizás esa sea una de las cosas que el Señor quiere recordarnos en medio de cada tormenta: que nuestra seguridad no está en que nunca sucedan cosas difíciles, sino en que Él permanece con nosotros cuando suceden. No siempre podremos entender sus caminos. No siempre tendremos una explicación. Pero podemos descansar en su amor. Porque, aunque hoy no comprendamos lo que está pasando, todavía podemos decir:
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío».
Salmo 42:5
Y quizás esa sea la respuesta que nuestra alma necesita aprender a dar. No porque ya entendamos la tormenta. No porque ya tengamos todas las respuestas. Sino porque todavía conocemos al Dios que está con nosotros en medio de ella.
Y si hoy no puedes entender lo que está pasando, que al menos puedas descansar en esto: Dios no ha dejado de amarte. Y no tienes que atravesar esta tormenta solo.