EL SABOR DE SU PROVIDENCIA

EL SABOR DE SU PROVIDENCIA
(Descubriendo la bondad de Dios a través de la presencia de Cristo)

 

Recuerdo que hace un par de meses atravesé una temporada en la que pensaba mucho en el futuro de un proyecto que había puesto en las manos de Dios. Oraba, planificaba y soñaba con todo lo que podría suceder. Sin embargo, en medio de esos días, el Señor comenzó a atraer mi atención hacia algo más profundo. Lo que empezó como una oración por aquello que estaba construyendo terminó convirtiéndose en un encuentro constante con Su presencia.
Poco a poco comprendí que Dios estaba menos interesado en mostrarme lo que haría a través de ese proyecto y más interesado en revelarme Su corazón. Mientras yo esperaba respuestas, Él se estaba entregando a Sí mismo.
Fue entonces cuando entendí que los regalos más preciosos de Dios no siempre llegan en forma de resultados, sino en forma de cercanía.

Es curioso que cuando pensamos en la providencia de Dios, muchas veces nuestra mente corre inmediatamente hacia la provisión material, la protección o las puertas que Él abre a nuestro favor. Sin embargo, la providencia divina es mucho más profunda que eso.

La palabra providencia del latín providere, significa prever, proveer, preparar, planear y disponer de antemano. No habla solamente de un Dios que conoce el futuro, sino de un Dios que cuida, supervisa y ordena todas las cosas según Su sabiduría perfecta. La Real Academia Española define la providencia, desde una perspectiva cristiana, como el cuidado que Dios tiene de la creación y de sus criaturas. También añade una definición que me conmovió mucho al momento de leerta: «Sin más amparo que el de Dios.»

Mientras escudriñaba las escrituras, podía ver cómo Dios proveía divinamente en cada faceta a quien le necesitaba. Sin embargo,  dentro de mí surgía una pregunta importante: ¿cómo podremos vivir bajo el amparo de alguien a quien apenas conocemos?

Partiendo desde ahí, sentí un peso al reconocer que, nos hemos familiarizado con algunas facetas de Dios, pero el corazón del Padre siempre ha sido revelarse más profundamente a Sus hijos. La mayor expresión de Su providencia no es lo que nos da, sino a quién nos ha dado. La providencia suprema de Dios es habernos entregado a Su Hijo. Y no hablo solamente del acto histórico de la cruz o de los elementos de la Santa Cena. Hablo de Cristo manifestado en nosotros y para nosotros. Hablo de una relación viva con Jesús.

David comprendió esta realidad cuando escribió:

«Gustad, y ved que es bueno Jehová.» Salmo 34:8

Observemos el orden. Primero se gusta, después se ve.

David no quería que el pueblo creyera simplemente su testimonio acerca de la bondad de Dios; quería que la experimentaran personalmente. El gusto está relacionado con la satisfacción, el deleite y la experiencia. David mismo está invitando a probar a cada uno la bondad del Señor.

De la misma manera, el apóstol Pedro escribió: «Si es que habéis gustado la benignidad del Señor» 1 Pedro 2:3

La experiencia precede al entendimiento. Es decir que, cuando probamos de Cristo, comenzamos a verlo con mayor claridad. Cuando experimentamos Su bondad, nuestros ojos espirituales son abiertos. Cuando permanecemos en Su presencia, somos transformados a Su semejanza. Por eso vivir en la providencia divina no se trata principalmente de lo que Dios hace por mí. Se trata de cuánto lo conozco. Cuanto más lo conozco, más deseo parecerme a Él. Cuanto más contemplo Su corazón, más anhelo que el mío sea conformado al suyo. La providencia encuentra su máxima expresión en una vida que permanece en la presencia continua de Jesús.

El patriarca Abraham entendió esta verdad. Antes de experimentar la provisión visible de Dios, aprendió a caminar delante de Él. «Anda delante de mí y sé perfecto»  Génesis 17:1

La expresión «delante de mí» proviene de una palabra hebrea relacionada con panim, que significa rostro, cara o presencia. Dios estaba invitando a Abraham a vivir consciente de Su rostro antes que de Sus bendiciones.

Mi abuelo tiene una frase que gustosamente la acomodé para compartírtela: la presencia siempre precede a la provisión.

Con esto, quiero llevarte a notar cómo resto del Salmo 34 nos muestra las consecuencias de una vida refugiada en Dios. Él cuida de quienes confían en Él, provee para sus necesidades, escucha su clamor, los sostiene en medio de las aflicciones y los libra conforme a Su voluntad. Es decir que, quienes prueban y ven que el Señor es bueno terminan conociendo también Su provisión.

Es hermoso ver cómo en Jesús encontramos la demostración más completa de esa bondad porque; probamos Su gracia cuando contemplamos la belleza de Su creación. Probamos Su fidelidad cuando reconocemos Su cuidado diario. Y finalmente pero no menos importante probamos Su amor cuando recordamos el precio de nuestra salvación en la cruz.

Arde mi corazón al hablar sobre esto, porque, es una invitación no puede quedarse en teoría. Para probar y ver que el Señor es bueno debemos confiar en Él. Debemos acercarnos. Debemos caminar con Él. Debemos experimentar personalmente aquello que otros nos han contado.

Las palabras de la oración pueden estar escritas por el salmista, pero solamente nosotros podemos ponerle el sentido. También debemos recordar que el crecimiento espiritual tiene un proceso. Hay que aprender a caminar antes de correr.

Quiero que notes algo.. difícilmente adoraremos a Dios en los momentos más altos de nuestra vida si no hemos cultivado el hábito de buscarlo en los momentos más sencillos y cotidianos. A veces esperamos grandes manifestaciones, mientras Dios se revela en los pequeños destellos de cada día.

C.S Lewis dijo una vez: «Cualquier retazo de luz solar en el bosque nos mostrará algo del sol que nunca conseguiríamos leyendo libros de astronomía.»

De igual manera, los momentos sencillos de comunión con Dios son destellos de Su luz en el bosque de nuestra experiencia. Allí aprendemos que Su bondad no es una teoría, sino que es una realidad que puede ser probada, disfrutada y vivida.


Oración

Señor, gracias porque Tu providencia no se limita a suplir mis necesidades, sino que me ha dado el privilegio de conocerte. Abre mis ojos para contemplar más de Tu belleza y enséñame a permanecer delante de Tu rostro cada día. Que mi corazón no busque solamente Tus beneficios, sino Tu presencia. Hazme gustar y ver Tu bondad de manera personal, hasta que mi vida refleje cada vez más a Cristo. Amén.


¡Que Dios te sorprenda en este nuevo mes!

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