REFUGIO SEGURO
Creo que para nadie es un secreto lo que está pasando alrededor del mundo.
En los últimos días hemos visto sismos, guerras, inundaciones, incendios, conflictos y noticias que, una tras otra, nos recuerdan lo frágil que puede llegar a ser esta vida.
Y, siendo muy honesta, mientras más veo lo que ocurre, no me vuelvo indiferente. Al contrario. Humanamente, me duele. Me conmueve. Incluso hay momentos en los que me aterra pensar en todo lo que está sucediendo.
Pero, al mismo tiempo, esas noticias me han llevado a hacerme una pregunta mucho más profunda: ¿hacia dónde estoy dirigiendo mi mirada?
Porque si algo he entendido en estos días, es que vivimos rodeados de cosas que nos prometen seguridad: un trabajo estable, una buena salud, una economía organizada, relaciones firmes o planes bien construidos. Sin embargo, el tiempo nos demuestra que todo eso puede tambalearse en cuestión de segundos.
Y fue precisamente ahí donde el Señor me llevó al Salmo 91.
El salmo no comienza prometiendo que nunca habrá dificultades. Comienza con una invitación:
«El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.» (Salmo 91:1)
La palabra «habitar» proviene del hebreo yāšab, que significa permanecer, establecerse, hacer de ese lugar una residencia permanente. No describe a alguien que visita a Dios de vez en cuando, sino a alguien que ha decidido vivir en Su presencia.
Y eso cambió por completo mi perspectiva.
Muchas veces buscamos a Dios cuando todo parece salirse de control, pero Él nunca quiso ser solamente nuestro refugio de emergencia. Siempre ha querido ser el lugar donde encontramos descanso, donde permanecemos y donde nuestra confianza echa raíces.
También me llamó la atención que el salmista utiliza dos nombres de Dios llenos de significado: Lo llama Elyón, el Altísimo, Aquel que está por encima de todo poder, de toda autoridad y de cualquier circunstancia que parezca fuera de control. Y lo llama Shaddai, el Todopoderoso, Aquel que tiene el poder para sostenernos cuando todo lo demás parece desmoronarse.
¡Qué descanso produce saber que nuestro refugio no depende de la estabilidad del mundo, sino del carácter inmutable de Dios!
Más adelante, en el mismo salmo, ocurre algo extraordinario. Hasta ese momento era el salmista quien hablaba de Dios. Pero en los versículos 14 al 16, es Dios mismo quien toma la palabra:
«Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré… Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia…» (Salmo 91:14-16).
Y en esa respuesta encontramos ocho promesas que siguen siendo tan verdaderas hoy como cuando fueron pronunciadas: rescate, seguridad, respuesta, compañía, liberación, honra, plenitud y salvación.
Dios nunca prometió una vida sin tormentas.
Lo que prometió fue algo mucho mayor: Su presencia en medio de ellas.
Por eso, quizá la decisión más importante que podemos tomar hoy no es esperar a que llegue una crisis para correr a Dios, sino dejar de visitarlo únicamente en las emergencias y comenzar a habitar en Él cada día.
Porque cuando nuestra vida está establecida en Aquel que es Elyón y Shaddai, el mundo podrá sacudirse, pero nuestro refugio permanecerá firme.