UN SONIDO APACIBLE
Alguien me contó una vez acerca de una obra de teatro donde un padre, una madre y un hijo recién regresado de la guerra compartían la misma mesa. Durante toda la obra, cada uno hablaba de sus propias luchas, sus miedos y sus frustraciones. Sin embargo, había un problema: ninguno escuchaba realmente a los demás.
El padre estaba preocupado por perder su trabajo. La madre luchaba con el sentimiento de ya no ser tan necesaria como antes. El hijo intentaba encontrar respuestas después de haber presenciado el dolor y la muerte. Los tres tenían algo importante que decir, pero ninguno encontraba quién lo escuchara.
Quizás por eso esta historia resulta tan cercana. Vivimos en un mundo lleno de voces. Todos hablan. Todos tienen algo que expresar. Sin embargo, pocas cosas producen tanta soledad como sentir que nadie comprende lo que llevamos por dentro.
Cuando llegamos a 1 Reyes 19 encontramos a un hombre que conocía muy bien esa sensación.
11 Él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. 12 Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. 1 Reyes 19:11-12
Elías acababa de vivir uno de los momentos más extraordinarios de su ministerio. Había visto a Dios responder con fuego desde el cielo y había confrontado a los profetas de Baal delante de toda una nación. Sin embargo, después de aquella gran victoria, el cansancio, el temor y la desilusión tocaron a su puerta.
Amenazado por Jezabel, huyó al desierto hasta refugiarse en una cueva.
Resulta llamativo que Dios no se acercara a Elías en medio de la multitud que celebraba la victoria sobre el Carmelo, sino en el silencio de una cueva. Allí, lejos de los aplausos, de las expectativas y de las demostraciones de poder, Dios lo encontró.
Cuando el Señor le preguntó qué hacía allí, Elías abrió su corazón. Habló de su dolor, de su frustración y de la carga que había llevado durante tanto tiempo. Antes de darle dirección, Dios escuchó lo que había en su interior.
Luego vinieron el viento, el terremoto y el fuego. Manifestaciones impresionantes que parecían anunciar la llegada de Dios. Pero el Señor no estaba en ninguna de ellas.
Después de todo aquello llegó un silbo apacible y delicado.
El mismo Dios que había enviado fuego desde el cielo decidió acercarse a su siervo mediante un susurro.
Quizás esa sea una de las lecciones más hermosas de este pasaje. Dios no siempre se manifiesta de la manera que esperamos. A veces lo buscamos únicamente en lo extraordinario, mientras Él nos espera en la quietud. A veces pensamos que solo se acerca en nuestros momentos de fortaleza, cuando en realidad suele encontrarnos en nuestros momentos de mayor vulnerabilidad.
La cueva de Elías parecía un lugar de derrota, pero terminó convirtiéndose en un lugar de encuentro.
Tal vez hoy te sientas cansado. Quizás llevas tiempo luchando con preguntas, temores o cargas que nadie más conoce. Si es así, recuerda que Dios no solo está presente en las cumbres de las victorias espirituales. También se acerca a las cuevas donde nos escondemos cuando las fuerzas parecen acabarse.
Y muchas veces, cuando todo el ruido desaparece, descubrimos que Él ha estado allí todo el tiempo, hablándonos con ese sonido apacible que solo puede escucharse cuando el corazón aprende a descansar en Su presencia.
Pregúntate esto hoy..
¿Hay alguna carga que has estado llevando en silencio y que hoy necesitas presentar delante de Dios?
Te recuerdo que, el Señor no me buscas únicamente en mis momentos de fortaleza, sino también en mis temporadas de cansancio y vulnerabilidad. Él quiere llevarte a reconocer Tu presencia aun cuando no entiendas lo que esás viviendo.
Silencia el ruido que distrae tu corazón y encuentra descanso en Él. Amén.